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Hizo clases de diseño en la Raffles Design Institute, en Shanghai, donde aprendió no sólo a trabajar en un ambiente cosmopolita, sino que además tuvo la experiencia in situ de ver cómo se comportan los estudiante chinos de clase alta y sus perspectivas como parte de una generación de hijos únicos.

 

El schock de la llegada


Siempre recuerdo la primera impresión que tuve de China. Fue el viaje desde el aeropuerto al departamento lo que me marcó… todavía tengo en la memoria las calles, los árboles y una sensación que me resultó extrañamente familiar… al mismo tiempo tenía en mi cabeza una voz que me decía, estoy en China, estoy en China!

La verdad es que uno está tan perdido al principio, que conozco gente que se choquea y le carga China al instante, pero para mi, Shanghai fue extrañamente muy acogedor.

La metrópolis se siente un poco como Santiago (pero a escala asiática), es una gran ciudad, donde el turismo es básicamente caminar por las calles, tomar buses sin destino, comer y perderse mucho. A pesar de lo anterior, lo más interesante es vivir ahí, respirar el día a día, viajar en bicicleta, comprar, ir al parque, etc.

Respirando Shanghai


Hay que decir que las ciudades funcionan en un caos muy parecido al latinoamericano (aunque mayor), es como moverse rápidamente, más allá de la barrera social (los chinos tienen muchas costumbres que para nosotros pueden ser chocantes).

Allá es fácil tener la sensación de que todo está en desorden, pero en Shanghai hay un caos lógico que funciona y nadie se complica mucho.

Algo que me impactó de la idiosincrasia china fue la sinceridad y la forma directa de ser de los personas. Ellos te miran sin vergüenza, los niños te quieren tocar y nadie les dice nada, allá no tienes esa sensación de que todos están curiosos pero no quieren decirlo, los chinos son directos (hasta cuando te quieren estafar, lo son).

Al principio una se siente un poco rara, pero al tiempo se acostumbra y se da cuenta que te comienzas a mezclar con ellos. Nunca me sentí incomoda estando rodeada de gente cuando preguntaba una dirección, o cuando debía lidiar en parques con grupos de niños y ancianos que querían ver mis dibujos o tocarme el pelo.

Gracias a la espontaneidad china las cosas salían bien, y si no, te reías no más y no importaba tanto. Así también fue más fácil aprender a comunicarme, aunque no hablo mandarín me manejaba en lo básico.

En China con pololo y con suegro


Viajé y viví en China las dos veces con mi pololo. Allá vive su papá desde hace más de siete años, y fue él quien nos convenció de irnos la primera vez. Su padre nos alojó en su casa y nos mostró lo básico para movernos y puedo decir que si él no hubiera estado ahí todo hubiera mucho más difícil.

Él está muy integrado en China y se mueve por el país como si fuera su casa (aunque no habla mandarín), es increíble.

Por su parte, mi pareja es un chino más, yo creo que el fue el gran motor del viaje, es un enamorado de China, le encanta y se maneja muy bien, de hecho trabaja en Chile para una empresa que hace negocios con dicho país y le toca viajar bastante a Asia.

Una experiencia laboral diversa


La primera vez que fui a China me puse trabajar a una empresa chilena, así que mis relaciones laborales fueron principalmente con fabricantes, pero para el segundo viaje las cosas fueron distintas, ahí en un principio me dediqué al diseño independiente, en lo que no me fue muy bien, ya que es difícil encontrar trabajo si no sabes mandarín.

Otras de las cosas que hice en mi segundo viaje fue trabajar para una empresa china, que era una sociedad protectora de animales para los que no sólo diseñé, sino que trabajé como voluntaria, pero sólo luego de tres meses habría de encontrar el trabajo adecuado.

Así fue como llegué a trabajar al Raffles Design Institute, que es una universidad de diseño y negocios de Singapur que tiene una sede en Shanghai. En dicho lugar ejercí como profesora de diseño de productos y enseñaba inglés a alumnos principalmente chinos (de Mainland, de Hong Kong y Taiwán).

La universidad tenía el reconocimiento de tener profesores internacionales, así que tuve la oportunidad de conocer y trabajar con diseñadores de todo el mundo, ampliando mi visión del diseño.

Ser profesora en China


Ser profesora fue una interesante forma de conocer a los adolescentes chinos, y entender un poco más las maneras sociales y situación actual del país, desgraciadamente la escuela era muy cerrada, sólo para jóvenes con padres de altos ingresos, y que en su mayoría no sabían qué querían estudiar.

Los padres de muchos de los alumnos metían a sus hijos a la universidad para que hicieran algo y luego se hicieran cargo de su fábricas, no obstante también habían otros estudiantes muy sacrificados que les gustaba mucho lo que hacían y habían viajado desde partes remotas de China para estudiar.

Volviendo al tema de trabajo, éste exigía jornada completa y tenía que dictar seis cursos a la semana. Muchas veces nos quedábamos hasta los domingos en capacitaciones o abriendo el taller de herramientas para los alumnos.

Los estudiantes se portaron, en su mayoría, muy bien conmigo, y aunque siempre les llamó la atención que yo me veía muy joven, nunca me faltaron el respeto… al contrario, es increíble darse cuenta como uno afecta sus vidas, ver a los alumnos que comienzan a hacer lo que uno les dice, a imitarte y aprender, etcétera.

Lo más complicado es hacer que te entiendan, aunque para los primeros años tenía un traductor que me acompañaba en las clases (casi como profesor ayudante), pero a partir del segundo año no había más traductor y muchos de los alumnos no estaban preparados para eso.

Mi primer día haciendo clases en China


Fue un shock mi primera clase, cuando me di cuenta que había algunos que no entendían ni el “good morning”, ni pensar en enseñarles teoría del diseño. Fue un gran desafío, tuve que inventarme metodologías para enseñarles. El primer trimestre lo pasé pésimo, me enojaba todas las clases de pura impotencia, ellos como que no me entendían tampoco y terminaban no cumpliendo, era todo muy complicado.

El tema en si era estresante y llegaba a la casa muy cansada y me levantaba en las mañanas no queriendo ir a enfrentarme con las clases. Por suerte llegó otro profesor -de Singapur- del cual me hice muy amiga, él tenía experiencia en educación y hablaba chino y me ayudó bastante, no sólo en la comunicación con mis alumnos, sino que a luchar contra las irregularidades de la universidad (otro tema muy complicado).

El segundo trimestre fue mucho mejor, ya no tenía problemas para comunicarnos y puedo decir que estoy muy orgullosa del nivel que alcanzaron los jóvenes y creo que ellos también. Antes de venirme se juntaron un grupo y me hicieron una despedida donde me dijeron muchas cosas buenas sobre mi desempeño… cuando uno se da cuenta que entregó algo, aunque sea muy poco es una satisfacción enorme, especialmente estando tan lejos en un país tan diferente, fue un desafío muy duro pero hermoso.

China y el desafío de los hijos únicos


China enfrenta un desafío; las generaciones de hijos únicos mimados, niños que no conocen otra realidad que la de ser pequeños emperadores, donde todo el cariño y dinero de sus padres y abuelos es para ellos, muchas veces me peleé y discutí con alumnos que no tienen límites y creen que uno es un esclavo más.

Es impactante el contraste entre estas generaciones jóvenes (15 - 26), llenas de tecnología, peinados y ropas estrafalarias y la generación de los abuelos y los padres que todavía usan en muchos casos los uniformes del gobierno comunista y viven en condiciones austeras.

Es difícil pensar en cómo esos niños se harán cargo en el futuro del país.












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